El cariño de una madre

Escrito por Sofia Lew

Clase de 2027

Patricia es una mujer que ama a su hijo. Ha sido evidente desde el momento que llegaste a este pueblo para investigar las desapariciones. Desde el momento en que sales de tu oficina temporal, está esperando en la calle en su coche azul pequeño.

—¡Buenos días, señor! —te saluda, con su chal descolorido aleteando en el viento seco—. ¿Adónde va esta mañana?

Devuelves el saludo, pero no le informas. Por ahora, sabes que da igual qué le digas. No importa tu ubicación; ella te seguirá en su vehículo.

Llegas a tu destino y te tomas un momento para ordenar las ideas y repasar las notas escasas. Quieres hacerlo bien; ya has pasado una semana en este pueblo aislado y es la primera vez que una de las familias de las desaparecidas ha aceptado tu petición para una entrevista. Finges que no notas los pasos enérgicos de Patricia cuando subes las escaleras torcidas de la puerta.

La mujer que abre la puerta parece tan descolorida como su casa. 

—Hola, señor detective—dice cautelosamente.

—Señora Díaz—murmuras respetuosamente, quitándote el sombrero. Patricia se adelanta y la mujer sonríe débilmente; las palabras no son necesarias para dos mujeres que se conocen de toda la vida. 

En la oscuridad del interior, apenas puedes ver la figura ancha de señor Díaz en el sofá viejo. Su mujer vuelve a su lado y juntos te miran con sospecha. Patricia los mira con ojos empáticos; como su hija, su hijo adolescente también ha desaparecido. 

—Solo aceptamos esta entrevista porque no queremos que tenga una idea equivocada— el señor Díaz frunce la cara sobre su gran bigote—. Nuestra Fabiola era una chica buena. Siempre ayudaba a su madre con los quehaceres, y sólo salía con buenos chicos.

Los ojos de Patricia se llenan de lágrimas por el cumplido de su hijo perdido y la señora Díaz le estrecha la mano.

—Nunca se fugaría con ningún hombre extraño—gruñe el señor Díaz. Él se reclina y la conversación termina.

* * *

Los siguientes días, la familia de la segunda joven, Gabriela Martínez, te indica que están listos para hablar. La conversación es muy similar: ellos alaban a su hija desaparecida, pero rechazan la idea de que ella haya huido o se haya suicidado. De nuevo, Patricia te acompaña en la visita, asintiendo con la cabeza a las palabras de sus amigos y jugueteando con el borde adornado del chal. Cuando te levantas para marcharte, intentas una pregunta más.

—En los días antes de su desaparición, ¿Gabi se comportó de manera extraña?

Los padres vacilan. 

—Pienso que sí—dice su padre—. Parecía muy triste y ansiosa.

A su espalda, su mujer abre mucho los ojos. 

—Por supuesto. Había perdido a Fabiola, su mejor amiga.

Como siempre, Patricia te sigue fuera de la casa. Debes admitir que ella se ha convertido en su propio misterio. A pesar de su entusiasmo evidente por resolver el caso, no te ha dicho nada sobre su hijo; todo lo que has averiguado sobre el carácter de Jaime ha sido por otros medios.

Parece que era un joven muy bueno: novio cariñoso, buen trabajador, y una gran compañía para su madre después de la pérdida temprana de su marido. Puedes comprender cómo la pena de madre le impediría hablar. Pero cuanto más tiempo pasa, menos probable es que puedas resolver el caso. Quizá Patricia ve algo desesperado en tus ojos, porque antes de que avancemos a nuestros coches, ella anuncia que está lista para su entrevista. Sin embargo, necesitarás seguirla a su casa.

Cuando llegan, sin embargo, ella no abre la puerta deteriorada, sino que te invita a acompañarla detrás de la casa, donde el desierto se extiende hacia el oeste. El sol está bajo en el cielo, pero todavía hay tiempo antes de anochecer; así la sigues cautelosamente. Empiezas a sudar y mantener una mano en el arma en tu cinturón. Por supuesto, hasta ahora no te das cuenta de que Patricia podría ser la asesina detrás de las desapariciones, pero de repente la posibilidad te parece muy probable.

¿Por qué más te traería a la mitad del desierto al atardecer? Pero no hay evidencia suficiente para detenerla, así que continuáis hasta llegar a una pala, atrapada en la tierra. Patricia la examina y empieza a hablar en voz baja, de espaldas a ti.

—Yo crié a Jaime sola. Extrañaba mucho a su padre, mi querido Esteban, y yo por supuesto que lo malcrié—. Ella se abraza, aunque el viento del desierto se siente caliente en tu cara desconcertada. —Siempre me parecía tan precioso. No podía decirle que no. Cuando era joven, a veces, hubo reportes de mal comportamiento de sus maestros, pero siempre los descarté—. Sus manos se retuercen en el chal.

La dirección de esta conversación te pone nervioso, pero le das una inclinación de cabeza. Ahora las palabras de Patricia vienen como un torrente.

—Él me parecía tan feliz con Fabi, y ella con él. Hacían todo juntos. Cuando ella desapareció, él estaba desconsolado. El pueblo se juntó. Trajimos comida a su casa, teníamos vigilias en la plaza del pueblo. Asistimos a todos los eventos, por supuesto, y él siempre estaba al frente, al lado de sus padres. Yo me sentía muy mal porque él había perdido a su amor como yo había perdido el mío—. Ella necesita parar para respirar profundamente. —No fue hasta hace algunas semanas que Gabriela se me acercó con unas . . . acusaciones que yo no quería oír. Me dijo que Jaime se comportaba posesivo hacia Fabi, que siempre quería saber adónde iba y con quién. No podía ser mi Jaime. Era simpático y protector, no dominante y celoso, y le dije a Gabi que no escucharía sus mentiras. Jaime aún estaba sufriendo y no permitiría más problemas sobre sus hombros. Pero entonces, ella desapareció también.

Tu percepción entera del caso ha cambiado hace cinco minutos. Te gustaría tener acceso a papel y bolígrafo para anotar cada detalle de este momento: el viento seco, el sol ensangrentado, el chal descolorido de esta mujer pequeña que te cuenta esta historia extraña.

—En ausencia de Gabi, sus palabras vuelven a perseguirme—continúa Patricia—. Asistimos a todos los eventos del pueblo de nuevo, las oraciones y las vigilias, pero no pude dormir. Me quedé despierta y, cuando oí que Jaime salió de casa, lo seguí. . . con mi arma. Lo seguí al lugar exacto en que estamos ahora. Lo vi con el cadáver de Gabi. Y yo. . .—Ella lo intenta otra vez. —Necesita comprender, señor detective, que no podría permitirle lastimar a nadie nunca más.

Piensas que debes moverte y detenerla, pero por alguna razón, solo puedes mirar con un pavor silencioso cómo ella empieza a cavar.